La historia interminable de los transportes públicos en Alcalá 1

La historia interminable de los transportes públicos en Alcalá

BEGOÑA IZA

Begoña Iza

Profesora

Se me ocurrió hace un par de años ir una Semana Santa a Sevilla en el autobús público de la empresa Casal. Mi conciencia ecologista me lleva a cometer actos heroicos de este tipo, y más en Semana Santa cuando en Sevilla no podemos ni soñar con una plaza de aparcamiento cerca del centro. La ida, para ser la línea no directa que todos conocemos, no fue tan mal: llegamos al Prado en 45 minutos. Os preguntaréis por qué no me acerqué en coche a la Pablo de Olavide para desde allí coger el metro. El caso es que éramos varios adultos y niñas y no cabíamos todos en un solo coche. En fin, resumiendo: la ida fue bien pero la vuelta fue una auténtica catástrofe. Nada más y nada menos que dos horas y media tardamos en volver, porque el autobús llegó a la parada de Sevilla cuando le dio la gana, o cuando el conductor buenamente pudo, o cuando la policía local le dejara pasar, qué sé yo… Dos horas y media, como quien va a Huelva y vuelve, por ejemplo. La empresa no contestaba al teléfono. No había información de ningún tipo en ninguna parada. Aquello más bien parecía un exasperante scape room cofrade.  Moraleja: viajar de Sevilla a Alcalá o viceversa en transporte público es un deporte de riesgo no apto para cualquier alma ingenua.

Si echamos la vista atrás, el transporte público es un servicio que apenas ha avanzado en los últimos treinta años en nuestro pueblo. Seguimos sin metro, sin estación de autobuses, con escasísimas líneas que nos acerquen a los hospitales, universidades, pueblos de nuestra comarca o alrededores, y un largo etcétera de carencias que sufrimos la gente de a pie a diario. Disfrutamos de un servicio público de transportes más propio de un país del Tercer Mundo que de un país europeo desarrollado y solo quien intenta montar en Casal a diario sabe lo que eso significa. “Me voy a quedar sin hijo”, me comentaba una amiga hacía unos días. El chaval en cuestión va a comenzar enseguida la universidad y prefiere irse a vivir con su padre a Utrera, porque desde allí tiene tren. Desde allí está comunicado, en el mundo. En Alcalá no hay manera.

La juventud alcalareña, muy viva para todo lo que tenga que ver con los móviles, ha creado un grupo de Whatsapp para compartir coche hacia la Universidad Pablo de Olavide. Esto me recuerda a una comarca situada entre Cuenca y Albacete, La Manchuela, que se ha organizado por Whatsapp con ese mismo fin ante la falta de soluciones de las instituciones. Es una noticia positiva por un lado, pero me llena de desesperanza por otro: ¿qué tiene que pasar para que la ciudadanía tome el timón de este despropósito?¿Qué tiene que pasar en Alcalá para que exijamos obtener los recursos que le corresponden a una ciudad de 76000 habitantes, del tamaño de capitales como Palencia, Ciudad Real o Pontevedra? Alcalá de Guadaíra no es un pueblo alejado en una comarca rural de la España vaciada. Alcalá es una ciudad en el área metropolitana de una de las capitales turísticas mundiales que es Sevilla. Turismo de fuera sí, pero transporte para los de dentro, poquito.

Así las cosas, la población alcalareña se compra su propio coche y listo. Según datos oficiales, tenemos un parque móvil privado desorbitado: en Alcalá se encuentran censados unos treinta mil vehículos. Un coche cada dos personas, más o menos. No hay más que acudir a eso de las seis o siete de la tarde a las rotondas de Beca, de los Cuatros Caminos o de los Pisos de San Francisco para verlos desfilar o para sufrir un infarto si conduces, porque allí podría parecer que no hay treinta mil sino dos millones de coches atascando nuestras calles. Cada día asistimos al empeoramiento de la circulación en nuestro pueblo. Pero comprarnos un coche también le sale caro a nuestra salud. Nuestros índices de cáncer también son de los más altos de la provincia, y esto podría tener que ver con la contaminación ambiental generada por industrias y por la polución de nuestros tubos de escape. O sea, que estamos todos dando vueltas en coche en una ratonera.

Para problemas graves como este no existe una varita mágica. Ojalá. Pero sí está en nuestra mano dejar de elegir cada cuatro años a quienes nos gobiernan y nos toman por el pito de un sereno. Que nos escuchen, ¡que no somos tontos, oigan!: que sabemos que no vamos a ver nunca el tranvía en Alcalá, y que en los bares, en la mesa camilla, en los centros de trabajo nos preguntamos y adivinamos fácilmente a dónde ha ido a parar todo ese dinero.

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